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Los métodos obsesivos de Bilardo: de robar el ramo a la novia en una boda a 'arruinar' a un portero a cafés

Hay entrenadores que estudian absolutamente todo del rival, otros que, además, analizan al detalle lo que hacen sus jugadores. Y luego está Carlos Bilardo, un 'loco' del fútbol que hacía todo eso y encima le susurraba al destino. Las anécdotas sobre el legendario entrenador de Buenos Aires son prácticamente inverosímiles.

Hablar de Argentina es hablar de fútbol. La Albiceleste ha ganado tres veces el Mundial: Argentina 1978, México 1986 y Qatar 2022. Podrían ser seis Copas del Mundo si su efectividad en finales fuese del cien por cien, ya que dejaron escapar el título en Uruguay 1930, Italia 1990 y Brasil 2014. Bilardo estuvo presente en dos de las fechas mencionadas y dejó historias impresionantes. Luciano Wernicke las recoge en su interesante libro 'Historias insólitas de los Mundiales'.

México 86: el café de la suerte

En el Mundial de México 1986, la historia comenzó con algo tan tranquilo como una salida previa al debut para estirar las piernas y calmar los nervios. Antes de enfrentarse a Corea del Sur, Bilardo llevó a sus jugadores a un centro comercial. Argentina ganó a Corea del Sur. Y ahí, en ese triunfo inicial, el técnico encontró una señal. Para cualquier otro, habría sido coincidencia; no para Bilardo.

A partir de entonces, el entrenador obligó a sus jugadores a seguir el mismo guion con precisión quirúrgica: cada día, antes de los partidos, la selección argentina iba al mismo centro comercial. Pero no quedó ahí la cosa. El día antes de ganar a Corea, Bilardo, junto a una parte del grupo, fue a un bar a tomar un café. Nery Pumpido, el portero, era el único que tenía pesos mexicanos en aquel entonces, así que pagó él.

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Argentina ganó el Mundial de México 1986
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Como pueden imaginar, la obsesión de Bilardo era tan grande que cada vez iba al mismo bar, a la misma mesa, con los mismos jugadores (sentados en el mismo orden que aquel día) y, en el momento de pagar, había otra regla sagrada, innegociable: Nery Pumpido debía pagar. En el mundo de Bilardo, cambiar aquello era un sacrilegio.

La selección fue avanzando, partido a partido, victoria a victoria. Hasta que el ritual encontró su recompensa máxima: ganaron aquel Mundial. ¿Casualidad? Bilardo no creía en esa palabra.

Italia 90: la novia que trajo suerte

Cuatro años después, en el Mundial de Italia 1990, el guion sumó un nuevo capítulo, aún más inverosímil. En la previa del duelo contra Brasil de octavos de final, Bilardo deambulaba por el hotel de Turín cuando se topó con una celebración en el comedor. Era una boda. Música, invitados, una novia radiante... Y entonces, como un relámpago, apareció en su mente el recuerdo de una frase que le dijo una abuela suya: "La novia trae suerte”.

No hizo falta más. Para Bilardo, eso no era una superstición, era información para doblegar a la 'Canarinha'. Reunió a la plantilla, los llevó al salón y los introdujo en la celebración. Los invitados alucinaron, hasta que vieron los rizos de Maradona. Rápidamente pasaron del desconcierto a la euforia. Los jugadores, mezclados entre mesas decoradas, firmaron autógrafos y la novia, convertida en amuleto viviente, besó a todos.

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Bilardo y Maradona, charlando antes de un partido
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Ya 'bendecidos', se marcharon a descansar. Y entonces, sucedió algo insólito: cuando la novia iba a lanzar el ramo para concluir con la celebración, se dio cuenta de que no estaba. ¿Saben dónde apareció? Efectivamente: en el vestuario de Argentina, pocos minutos antes de enfrentarse a Brasil. Ganó la Albiceleste, 1-0 con gol de Claudio Caniggia. Bilardo, por supuesto, no lo dudó: la novia había cumplido. Eso sí, Argentina se quedó a las puertas de ganar aquella vez y cedieron en la final contra Alemania Federal.

Entre la locura y la mística

Reducir a Bilardo a sus cábalas sería injusto. Fue un obsesivo del detalle táctico, un estudioso incansable del juego, alguien que entendía el fútbol como un sistema complejo donde cada pieza importaba. Pero tampoco se puede ignorar ese otro costado, el del hombre que veía señales donde otros veían coincidencias, el de la mística.

En su mundo, la táctica era solo el punto de partida. Todo seguía con gestos, rutinas y bendiciones. Eso, según él, inclinaba la balanza a su favor. Crean o no en lo que él pensaba, mal no le fue.

Fuente original: www.sport.es →