La historia de los Mundiales es el reflejo del tiempo en que se celebran. Qatar (2022) elevó el discurso en un contexto mucho más mediatizado, pero esta cita siempre ha sido una poderosa herramienta de soft power y de proyección internacional. Rusia, cuatro años antes (2018); la coronación de Argentina en plena dictadura de Videla (1978); el ejercicio propagandístico de la Italia fascista (1934)… Cada torneo ha sido espejo de su época. Una situación similar se vivirá en 2026, con el Mundial de Estados Unidos, con México y Canadá como coanfitriones en un tablero global especialmente agitado.
La acumulación de conflictos tras el ataque militar a Irán —clasificada para el torneo—; la inestabilidad provocada después de la ejecución del narco ‘El Mencho’ en Guadalajara, donde jugará España; o la política migratoria de Trump configuran un escenario que trasciende lo estrictamente deportivo y sitúan el campeonato en el centro de una tormenta geopolítica.
Trump e Infantino, íntimos amigos
No hay atisbo de neutralidad política en el torneo de este verano. Trump, un presidente personalista por encima de cualquier otra consideración institucional, fue recompensado por su viejo amigo Gianni Infantino con el Premio FIFA de la Paz bajo el lema de que “el fútbol une al mundo”. Una suerte de consuelo simbólico para el mandatario que no logró el Nobel. El peligroso subtítulo de que “el fútbol une al mundo” ha perdido sentido tras los últimos acontecimientos, en los que el deporte más popular funciona como sublimación y amplificador de la tensión global.
La administración Trump, junto con el Gobierno de Israel, descabezó al régimen iraní tras la eliminación del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, convertido para parte de la población en una suerte de mártir. El ataque sorprendió en plena salida del país a varios futbolistas españoles que militan en el campeonato iraní, entre ellos el exbarcelonista Munir, una liga que históricamente ha ejercido cierto poder de atracción para jugadores en la recta final de su carrera. Lo mismo sucede con el fútbol sala del país. En términos estrictamente mundialistas, el anfitrión del torneo atacó a uno de sus participantes.
“Lo que es seguro es que después de este ataque no se puede esperar que miremos hacia el Mundial con esperanza”, declaró Mehdi Taj, presidente de la Federación de Fútbol de Irán, tras la operación militar del pasado fin de semana. Desde la FIFA, a diferencia de lo ocurrido con la invasión rusa de Ucrania —que derivó en la expulsión fulminante de Rusia de todas las competiciones internacionales—, se ha optado por una fórmula de “monitoreo”. Un subterfugio diplomático para dejar correr el reloj y ganar tiempo. Lo cierto es que, a día de hoy, la selección iraní tendría enormes dificultades para acceder a territorio norteamericano y necesitaría un plan de seguridad específico que excede lo meramente deportivo.
Irán, de la protesta en Qatar al bloqueo en EE. UU.
Irán ya fue protagonista en Qatar 2022, un Mundial disputado poco después de una de las mayores olas de protesta civil en el país desde la revolución islámica de 1979. La desencadenó la muerte de Mahsa Amini, detenida por la llamada “policía de la moral” por no llevar correctamente el velo obligatorio. Antes de su debut contra Inglaterra, los futbolistas iraníes no cantaron el himno nacional en señal de solidaridad con sus compatriotas represaliados, en un gesto silencioso que dio la vuelta al mundo.
El gesto cambió en el segundo encuentro, cuando la selección entonó el himno de forma más tímida y contenida, como también lo hizo ante Estados Unidos en el último partido de la fase de grupos, que sería su despedida del torneo. Tras los acontecimientos recientes, resulta difícil imaginar un nuevo enfrentamiento entre ambos combinados sin una carga simbólica aún mayor. Incluso que pudiera celebrarse en Qatar, país que fue atacado por Irán al considerarlo aliado norteamericano. La escalada bélica obligó a suspender la liga local y ha puesto en jaque la Finalissima entre España y Argentina, otro de los eventos pendientes del calendario internacional.
Los futbolistas iraníes se sienten víctimas colaterales de una situación que escapa a su control. Una leyenda como Ali Daei, máximo goleador histórico de selecciones hasta que fue superado por Messi y Cristiano Ronaldo, fue retenido durante las protestas de 2022 por su posicionamiento crítico. En el pasado Mundial de Clubes, celebrado también en Estados Unidos, un internacional iraní que militaba en el Inter, Mehdi Taremi, no pudo acompañar a su equipo debido al cierre del espacio aéreo de su país tras un nuevo intercambio de misiles con Israel. La excepcionalidad, lejos de ser circunstancial, se ha convertido en norma para los atletas del país asiático.
La cuestión migratoria en el Mundial de los 48
El debut de Irán en el Mundial está previsto para el 15 de junio en Los Ángeles ante Nueva Zelanda. El segundo encuentro sería frente a Bélgica, en una ciudad que ya puso en jaque el pasado Mundial de Clubes. Lo sufrió el Atlético, que no pudo abandonar el hotel durante los primeros días por el estado de alerta declarado tras las protestas contra la actuación del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas). El soccer se ha convertido en uno de los bastiones contra lo que muchos consideran una persecución arbitraria de personas migrantes y una política de securitización creciente.
Clubes como Los Angeles FC, hinchadas como la de los Seattle Sounders y exjugadores como Carlos Vela expresaron públicamente su rechazo a las actuaciones del organismo dependiente de la administración Trump. El temor a la extensión de las protestas obligó a reforzar los operativos de seguridad en una competición con mucho menor impacto mediático que un Mundial de selecciones. La cuestión fronteriza será, por tanto, un factor crítico en un país que se ha blindado en ese ámbito, pero que afronta un torneo de dimensión planetaria y con una exposición global sin precedentes.
Estados Unidos no tiene una política de visados homogénea para las 48 selecciones que competirán por primera vez en un Mundial ampliado. Mientras gran parte de Europa, Japón o Australia forman parte del Visa Waiver Program, que permite viajar sin visado para estancias cortas, numerosos países africanos y latinoamericanos deben someterse a un proceso consular individual que puede derivar en tasas de denegación significativas. No es un detalle menor si se tiene en cuenta que México y Estados Unidos comparten más de 3.100 kilómetros de frontera y una relación migratoria compleja, histórica y profundamente politizada.
Guadalajara, la amenaza invisible tras la muerte del ‘Mencho’
En el discurso público estadounidense, migración irregular, seguridad nacional y narcotráfico suelen confluir en el mismo marco narrativo, aunque respondan a dinámicas distintas. La reciente muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, ‘El Mencho’, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación —designado organización terrorista por EE. UU.—, buscó reforzar la imagen de cooperación bilateral en la lucha contra el crimen organizado y el tráfico de fentanilo. La operación tuvo lugar en la sierra de Jalisco, cerca de Guadalajara, sede del Mundial, donde se disputará, entre otros, el España–Uruguay.
Del 28 al 31 de marzo, la ciudad acogerá además, junto a Monterrey, la repesca intercontinental entre Asia, América y Oceanía para la cita estival. “Se descarta por completo que haya otra sede. Vamos a México, lo vamos a hacer bien y va a ser fantástico”, sostuvo Infantino. Guadalajara no es un escenario secundario ni de relleno: albergará cuatro partidos en el Estadio Akron, incluido uno con México como local ante Corea del Sur, en la primera fase del torneo. La estrategia frente al vacío de poder generado tras la caída del capo será la misma que en otros frentes abiertos: más presencia policial, mayor visibilidad de las fuerzas de seguridad y refuerzo de los perímetros en torno a estadios y zonas de aficionados.
En medio de esta tensión estructural, Canadá emerge como el refugio “amable”, aunque con menor peso en el tablero político mundial, mientras el deseo expansionista de Trump sobre Groenlandia —territorio que ni siquiera puede competir como selección propia en la FIFA— recuerda que el mapa global sigue en disputa. Un fútbol en tensión, reflejo fiel del orden internacional, con los organismos practicando una patada hacia adelante permanente, cruzando los dedos para que la geopolítica afecte lo mínimo al negocio de 11.000 millones de dólares que la FIFA proyecta para el mayor Mundial de la historia.