Las gradas de Orriols se reencuentran con su peor pesadilla para cicatrizar la herida que se sanó en Burgos
El Levante, camino de sus 117 años de historia, las ha vivido de todos los colores. Su trayecto vital, curtido en el barro sin renunciar a escenarios de élite, han forjado una identidad única e inalterable, capaz de desprender valores de lucha, constancia, resiliencia y humildad que le han catapultado a vivir tiempos inimaginables y momentos para la eternidad. Son tantas las lecciones que ha dado el Levante a los que se han topado y unido a su camino que, incluso sumergido en su época centenaria, aun tuvo tiempo para demostrar que, tanto en el fútbol como en la vida, nunca hay que dar nada por hecho.
Las heridas que lleva la entidad granota en su torso tienen un significado detrás, aunque la de la final del playoff de ascenso contra el Alavés es de las que todavía duele. De las que cuestan cicatrizar. Pareció que el ascenso en El Plantío, cosechado de forma tan épica como de manera cruel se le escurrió de los dedos en 2023, borró el episodio más doloroso en más de cien años de historia, pero los días previos al reencuentro contra el Alavés han revuelto estómagos, encogido corazones y despertado pesadillas en clave granota. Sin embargo, todos han despertados. Porque el Levante, de la misma manera que se cae, por muy dolorosa que sea la caída, resurge cuando menos probabilidades hay de que lo haga.
El Ciutat de València, experto en expresar sus sentimientos y emociones a niveles intangibles, nunca olvidará cómo sus gradas se empequeñecieron según fueron transcurriendo los minutos previos al penalti de Villalibre. Las gradas del coliseo de Orriols, como nunca antes desde que levantaron sus cimientos, sintieron un silencio inédito y estremecedor en un campo de 25.000 espectadores. Indeseado para prácticamente la totalidad del levantinismo, el playoff de ascenso supuso un viaje tan emocionante que su última parada no pudo tener mejor contexto para rematar la faena: en casa, con una afición entregada y con un empate valiéndole para tocar el cielo del fútbol español. No obstante, con la totalidad del Ciutat de València preparado para invadir el terreno de juego, todo se echó a perder de la forma más agónica posible. Ni el guionista más macabro del universo hubiera trazado un desenlace tan cruel.
“Va a ser siempre un recuerdo de tristeza. Pensábamos que habíamos vivido lo peor con el partido ante el Écija y nadie se imaginó algo más dramático. Era una gran cita, ha sido la mejor previa que he vivido en Orriols y, al final… Cuando se tardan 7 minutos en que el VAR señale una acción, algo raro pasa. Fue un mazazo muy duro, de muchísima pena y muchísimo dolor. Ver a los niños llorando desconsoladamente, gente tirada por el suelo, miradas perdidas... Esa noche, ningún levantinista dormiría”, rememora José Mocholí, vicepresidente de la Delegación de Peñas, transmitiendo un sentir que coincide con el testimonio de Ricardo Gimeno, yendo más allá del dolor inconsolable que sufrieron todos los levantinistas en las gradas del Ciutat de València.
“Fue uno de los peores recuerdos que tengo en mis 50 años como socio granota. Quizá no tanto personalmente, ya que habíamos vivido descensos, el no ascenso del Écija y otras situaciones rocambolescas, pero fue la primera vez que vi llorar a mi hija en el campo del Levante. Cuando no te afecta a ti, sino que también se traslada a la gente que tú quieres, hace que la situación sea bastante dura. Había muchísimos niños y gente mayor llorando desconsoladamente en la grada. Cuando el árbitro fue al VAR, tras no señalar nada en directo, me sorprendió, pero, pensando en el yunque de la adversidad y en la vitola de ‘pupas’ que tiene el Levante, pensamos que el resultado iba a ser aciago”. José Ferrise, a su vez, no se quedó corto.
“Estoy sentado en Orriols y el momento de la revisión fue absolutamente dramático. En un partido donde nos valía el empate, pero en el que se especuló demasiado, al final el destino nos tuvo preparado esa broma macabra. Unos minutos antes le dimos un balón al palo en una falta. Es, a veces, el destino del Levante. Y no se apreció con claridad lo que había pasado en la última acción del partido. Vimos a Róber Pier por el medio, pero ni mucho menos que se la llevara con la mano. En ese momento sentí mucho miedo, mucha incertidumbre por no saber qué estaban revisando, pero cuando vimos las imágenes… fue un jarro de agua fría. Automáticamente dejé de protestar, me senté y me quedé callado esperando. Me puse a rezar todo lo que sabía. Pero, a partir de ahí, la sensación fue terrible”.
“Nos lo jugamos todo al rojo, salió el negro..."
El penalti de Villalibre, en el 129’ de la prórroga, después de diez meses en los que el Levante jugó alrededor de 50 partidos, fue la estocada más retorcida y sangrienta que pudo sufrir un club que, a raíz de ese no ascenso, tocó fondo. “Sentí sensación de hundimiento absoluto, de desesperanza total. A los que nos interesamos por el club sabíamos que Quico Catalán había hecho una apuesta de volver a Primera una temporada después. Pintaba horrible”, comentó Ferrise. Mocholí, de hecho, sintió que la decadencia sería aún mayor después de que Quico apostase a una carta la viabilidad económica del Levante, traducido en un ascenso que se escurrió de las manos en el último segundo. “Nos lo jugamos todo al rojo, salió el negro y Quico acabó pidiendo un préstamo para pagar a los jugadores. Vi el panorama muy mal, fue desesperante. De tener el ascenso en la mano, me vi como clubes como el Salamanca u otros históricos que, tras un mazazo, ya no se levantan y van bajando categorías hasta hundirse”.
Gimeno, a su vez, tuvo la misma sensación que Mocholí y Ferrise, pero sintió que el espíritu combativo y la capacidad de resurgimiento del Levante, tan característico y símbolo inerte de su identidad, saldría a flote para escapar, por muy oscuras que fueran, de sus propias catacumbas. “Sospechamos que ese no ascenso supondría entrar otra vez en una peregrinación muy dura por el desierto, donde tendríamos problemas de agua y de comida, pero el Levante ha demostrado, una y mil veces, su capacidad para reinventarse y resurgir de las cenizas”. Y vaya si lo hizo: dos años después del revés, y con Julián Calero al frente, el Levante brindó uno de los ascensos más épicos y emocionantes que se recuerdan cuando más flaqueaban las fuerzas y la desesperanza por volver a competir contra los mejores abundaba por los aledaños del coliseo de Orriols.
“Calero levantó a un club, a una plantilla y a una afición apagada. Creyó que se podía salir adelante y, al final, todo salió bien. Fue un ascenso muy bonito. Que un domingo por la tarde se desplacen 2000 aficionados a Burgos lo dice todo. Gracias a este mazazo el levantinismo está más vivo que nunca. Se ven niños, muchas más camisetas por la calle... el mazazo nos ha hecho fuertes”, confirma Mocholí mientras Ferrise considera que, sin ser “fan de Danvila, necesitamos un perfil como el suyo para sanear la estructura y hacerlo viable. Hay que reconocerle el trabajo, pero seguimos estando muy limitados económicamente”. No obstante, ninguna circunstancia, ya sea de debilidad o de penuria, cambiará ni la esencia ni lo que significa el Levante: un club humilde, lleno de valores, que nunca tirará la toalla ni negociará esfuerzos a la hora de dignificar su sentimiento y sus colores.
“Creo que la credibilidad, la ambición y el caché del Levante no depende de la categoría en la que juegue. Es un club centenario que se ha ganado el respeto del fútbol español. No por la categoría que ocupe, sino por sus años, por su solera y, sobre todo, por la calidad de su afición. Es importante a nivel económico estar en Primera, pero la certeza del Levante como entidad no se mide por la categoría en la que esté”, aseguró Gimeno. El encuentro contra el Alavés de este viernes, catalogado como una final por la permanencia en Primera División, servirá de revancha para muchos. Pero, a otros, les valdrá para cerrar el círculo. “El Alavés lo tendré como una pesadilla, pero, también, como un recordatorio bonito. Este viernes tengo programación para que nazca mi segundo hijo y no podré asistir al campo. Recordaré siempre que el día que el Levante se reencontró con el Alavés nació mi hijo. Espero que sirva para lograr la salvación”, contó, emocionado, Mocholí.
Diego Costa, exjugador del Atlético: "Gil Manzano es un hijo de p***. Es un mentiroso. Dijo una mentira, pedí la grabación"
A Diego Costa nunca le ha importado demasiado ser políticamente correcto. Lo ha demostrado durante toda su dilatada carrera como futbolista profesional, pasando por clubes del nivel del Atlético de Madrid o el Chelsea FC, y lo ha vuelto a constatar en una extendida charla en el podcast de Mario Suárez, 'El camino de Mario', excompañero suyo en el club rojiblanco.
Agente libre desde enero de 2025, cuando terminó su vinculación con Grêmio, el jugador de Lagarto llevaba bastante tiempo alejado de los focos. Reconocido popularmente como uno de los delanteros más duros de los últimos tiempos en LaLiga, Diego Costa era un incordio para rivales y árbitros, llevando el reglamento al límite para sacar ventaja para su equipo. Un ariete potente, explosivo, con mucho gol y muchas anécdotas que repasar.
Un carácter temperamental, caliente, pero que lo ha llevado a competir en los mejores escenarios del planeta fútbol: “Lo tengo en la sangre (el carácter). Mi abuelo era muy valiente, con mucho carácter. Y yo, desde chiquitito, era muy peleón. No sé si soy peleón o las peleas me buscan, tengo esa duda. A mí siempre me gustaba ganar, quería ganar como sea, de cualquier manera. A veces, me pasaba un poco. En el campo no sé qué me pasaba, me transformaba. Pero yo siempre intento ser bueno”, señaló el hispanobrasileño.
El fútbol ha ido ligado a su vida desde pequeño. Explicó que su padre, enamorado del fútbol, le puso “Diego” por Diego Maradona. “Los brasileños somos muy diferentes a los argentinos. En Argentina, es imposible tener a un jugador brasileño jugando allí. En Brasil sí hay muchos argentinos”, comentó. Empezó jugando en Brasil y el Sporting de Braga le ofreció una oportunidad en Europa, aunque los inicios no fueron fáciles.
El difícil salto a Europa: McMenús y soledad
“El Braga me ofreció un contrato. Mi padre me dijo: ‘No vas porque tengo que ir yo contigo y eres menor de edad’. Y le dije a mi padre: ‘Si tú no vienes conmigo, no te hablo nunca más’. Entonces, mi padre fue y, a los cinco días, se volvió a Brasil. Me quedé solo en Portugal. Vivía en un piso con tres portugueses. No cobraba; mi representante me daba 60 euros. Entonces, yo me iba a entrenar andando y me compraba un McMenú. Cuando volvía a casa, después de caminar tanto, tenía hambre. Mis compañeros tenían bizcochos en la nevera y yo no tenía coraje de cogerlos. Nadie me ofrecía nada”, recordó.
Me llamó Mendes y me dijo que íbamos a coger un vuelo. Yo creía que iba a fichar por el Oporto, pero él me cogió un vuelo a Madrid y me dijo que iba a fichar por el Atleti
Exjugador del Atlético de Madrid
Entonces vino el Atlético. Diego Costa duró poco en Portugal. Llegó en enero de 2006 y en enero de 2007 se convertía en jugador rojiblanco. Mendes tuvo mucho que ver. “Me llamó Mendes y me dijo que íbamos a coger un vuelo. Yo creía que iba a fichar por el Oporto, pero él me cogió un vuelo a Madrid y me dijo que iba a fichar por el Atleti”. Allí tuvo que ganarse el sitio. En ese equipo estaban ‘killers’ como Diego Forlán o Sergio Agüero: “Sabía que era casi imposible quitarles el puesto, pero mi vida no es fácil y a mí me encantaba esa competitividad”.
Para acabar de consagrarse tuvo que salir cedido al Rayo Vallecano, una experiencia que le ayudó a curtirse y a disfrutar de una afición única en España: “Es de otro mundo. Me encantaba esa afición. Cuando había un córner, flotaba un olor a marihuana (risas). Estaba muy bien. Siempre que me preguntan, yo les aconsejo que Vallecas es un gran club para ir. Ahí di el salto”, reconoció. Y vaya si lo dio. En 2012 volvió al Atleti, con Diego Simeone, y de allí al Chelsea, después de ganar varios títulos.
Su etapa en la Selección
Su rendimiento llamó la atención de la selección española y no dudó en representar a España, pese a haber nacido en Brasil. Una decisión que no sentó nada bien en su tierra natal. “Era una forma de agradecimiento por todo lo que me ha dado este país. Si tú vas a otro país, tienes que respetar cómo se vive ahí. Tenía la oportunidad de jugar con la campeona del mundo, con los jugadores que tenía… En ese momento, estaba Vicente del Bosque. Eso sí, nunca dejé de sentirme un extranjero. Le di las gracias a Del Bosque y a los capitanes, me acogieron siempre muy bien. No tengo ninguna queja y lo volvería a hacer”.
Gil Manzano lo expulsó en un choque contra el Barça
Finalmente, antes de empezar a echar el cierre a su carrera, regresó al Atlético de Madrid. Ganó más títulos y se volvió a encontrar con Jesús Gil Manzano, un árbitro del que no guarda buen recuerdo por una expulsión en 2019 en un encuentro contra el Barça. En el minuto 28, el jugador (19) Da Silva Costa, Diego, fue expulsado por el siguiente motivo: dirigirse a mí a viva voz en los siguientes términos: “¡¡ME CAGO EN TU PUTA MADRE!!, ¡¡ME CAGO EN TU PUTA MADRE!!”, rezaba el acta. Sobre aquello, Diego Costa no se cortó un pelo.
“Es un hijo de p*** (Gil Manzano). Lo digo así. Es un mentiroso. Dijo una mentira; pedí la grabación. Me metieron ocho partidos de sanción por aquello. Eso es de mala gente. Ojalá que lo vea algún día para saludarle... Es broma, ya pasó, pero fue un mentiroso. Quería la grabación porque Miguel Ángel Gil me quería poner una multa de un millón de euros. Al final, ni me dieron la grabación ni me pusieron la multa”, desveló.
Un futbolista único, histórico en el Atlético de Madrid, que solo se cuidaba cuando jugaba: “Nunca fui un Marcos Llorente, siempre tomé kétchup, mayonesa, refrescos… Nunca fui bueno comiendo. Pero después entrenaba y lo quemaba todo”. Dos Ligas, dos Premier, una Europa League, tres Supercopas de Europa... Ya les gustaría a muchos.
Así es el nuevo salario mínimo de Alemania comparado con España: ¿por qué tanta diferencia?
Alemania ha dado un nuevo impulso a su salario mínimo nacional y, desde el 1 de enero de 2026, lo ha fijado en 13,90 euros brutos por hora, lo que lo convierte en una de las remuneraciones mínimas por hora más altas de la Unión Europea.
Frente a este dato, España se queda claramente por debajo: el nuevo Salario Mínimo Interprofesional (SMI) vigente en 2026 se sitúa en 1.221 euros brutos mensuales en 14 pagas, lo que equivale aproximadamente a 1.424,50 euros en 12 pagas o unos 17.094 euros brutos al año.
Aunque ambos países aplican un salario mínimo general, el formato y el nivel de esa referencia son muy distintos, y esa diferencia marca el inicio de una discusión más amplia sobre modelos laborales y poder adquisitivo.
Por qué esta diferencia en el salario mínimo
En Alemania, el criterio es horario: cualquier trabajador que cobre menos de 13,90 euros brutos por hora percibe un salario mínimo infravalorado, se trate de contrato a tiempo completo, parcial o de obra y servicio. Esta lógica facilita comparar sectores y evitar que el reparto de horas esconda salarios, en realidad, demasiado bajos.
En España, en cambio, el SMI se define en términos mensuales anuales (14 pagas), por lo que el salario mínimo se descuenta según el número de horas trabajadas, y no existe una cifra oficial “por hora” que se aplique de forma automática. Este diseño permite más flexibilidad contractual, pero también abre la puerta a que algunos trabajadores a tiempo parcial terminen con remuneraciones muy bajas en términos de renta anual.
Si se traducen las cifras de Alemania a un empleo a tiempo completo de 40 horas semanales, el salario mínimo mensual se sitúa en torno a 2.500 euros brutos aproximados, muy por encima de los 1.221 euros del SMI español. Esto significa que, en Alemania, el sueldo mínimo es capaz de cubrir un mayor porcentaje de la renta media del país.
En España, aunque el SMI ha subido de forma reciente, sigue siendo un porcentaje reducido de la retribución media. Pero esta disparidad de cifras no se explica solo por la economía: también refleja modelos sociales distintos.
La novia de Gerard Martín revela un álbum de fotos inéditas con el futbolista
La irrupción de Gerard Martín en el FC Barcelona está siendo espectacular. El lateral azulgrana destaca por su solidez defensiva, lo que ha hecho que Hansi Flick se muestre encantado con él. El entrenador le brindó la oportunidad de subir al primer equipo, y el futbolista ha logrado consolidarse en la élite.
Alejado de los terrenos de juego, el barcelonés lleva una vida muy discreta, ya que prefiere mantenerse alejado del ruido mediático para centrarse en lo que más le importa: rendir al máximo nivel con la camiseta azulgrana.
Se saben pocas cosas de él, pero una de las pocas cosas que se conoce es que está profundamente enamorado de su pareja, Julia Casal. El futbolista del Barça confirmó su relación con ella a finales del verano de 2025, compartiendo fotos de sus vacaciones juntos en redes sociales.
Ayer, la novia del '18' del Barça compartió varias imágenes de ambos para felicitarle por su 24 cumpleaños. En las fotos, se les ve completamente enamorados y disfrutando de su tiempo juntos, demostrando que la relación va viento en popa.
Las instantáneas capturan diversos momentos de su relación: desde escapadas a la montaña, días de sol en la playa, paseos en coche, cenas íntimas y, por supuesto, besos que reflejan su magnífica conexión.
¿Quién es Julia Casal?
Julia Casal es una de las personas más importantes para Gerard Martín, aunque, hasta el momento, su identidad es completamente desconocida para la mayoría. A pesar de su discreción, la joven, originaria de Galicia, ha logrado ganarse un lugar en la vida del futbolista, siendo un pilar fundamental en su día a día.
Actualmente, Julia Casal reside en Barcelona, donde combina su vida personal con sus estudios universitarios, dedicándose de lleno a la carrera de Psicología, una disciplina que le apasiona y que ocupa gran parte de su tiempo.
Con más de 11 mil seguidores en Instagram, la joven gallega es muy activa en las redes sociales, donde muestra cómo es un día normal en su vida, desde su rutina diaria hasta los momentos especiales que comparte con el futbolista.